Bilbo ama tanto ir a la Huerta cada fin de semana como yo. Cuando nos desviamos de la carretera asfaltada y tomamos el camino de tierra, que para él es la confirmación del lugar de destino, va chillando de alegría hasta que baja del coche. Y no para de correr todo el día hasta que cae molido. Se acurruca en tiempos frios junto a la estufa de leña, como en la fotografía de abril de 2007.
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