viernes, 4 de noviembre de 2016
El carbonero garrapinos, el acróbata
Apenas uno se sienta a descansar cualquier día caluroso del verano cerca de una fuente de agua, no tarda en llegar nuestro amigo el carbonero garrapinos, con su su piar corto y llamativo, que es su forma de llamarnos la atención. Da vueltas a las ramas finas de los olivos, se pone boca abajo o boca arriba, picotea todo lo que encuentra, y nos mira curioso a un par de metros. Se acerca al agua, bebe fugazmente y vuelve a su ramita, donde está dispuesto a seguir acompañándonos mientras allí permanezcamos.
Esta criatura formaba parte del grupo de pajarillos que nuestros campesinos de la zona llamaban genéricamente "tontillos", donde también estaban los petirrojos, los herrerillos y sus parientes, un grupo tan inocente que siempre caían capturados en los cepos, atraídos por el aleteo de la hormiga de ala de su cebo. !Cuántos millones morían cada año en nuestros campos!. Hoy son rarezas protegidas porque están en peligro de extinción. Sin embargo, con ser importantes las bajas por el trampeo, peor ha sido el cambio a una agricultura industrial basada en los pesticidas y los agroquímicos que literalmente los ha envenenado.
jueves, 20 de octubre de 2016
El roble en la Huerta de los Frailes
En la Huerta de los Frailes hay varios ejemplares de robles. El más grande procede de unas semillas recogidas del Real Jardín Botánico de Madrid en 2002, y los otros ejemplares, de plantones silvestres nacidos en el pueblo de Sorihuela de Salamanca, y regalados a la huerta por Hilario Garay. Han agarrado bien. El primero ya ha alcanzado los diez metros de altura.
La riqueza del ecosistema de la
comarca es evidente
todavía en la Baja Edad Media y hasta finales del siglo XV. Hay descripciones
de la época que hablan de abundancia de jabalíes, lobos, osos, ciervos, etc.,
lo que refleja un medio físico poco alterado donde todavía existen grandes
extensiones de tierras vírgenes. Es una zona de muchos manantiales
superficiales, abundancia de encinares, algún que otro robledal y alcornocal y
el matorral de espino, lentisco, acebuches, fresnedas y zarzales.
La desaparición de
la frontera a partir de 1485 con la conquista de Cambil y Alhabar y la
consiguiente caída del castillo de Arenas, va a ser el punto de partida de una
auténtica fiebre repobladora. La ciudad de Jaén se ha procurado la
incorporación de varios cortijos y términos, entre los que estaban los de
Cárchel, Carchelejo y Cazalla, y a
comienzos del siglo XVI obtiene permiso de la Corona para repoblar los lugares
de Mancha Real, Valdepeñas, Los Villares y Campillo de Arenas, cuyos nuevos
pobladores dedicarían todas sus fuerzas a cultivar buena parte de las tierras
necesarias para nutrir a una población en incesante aumento. No es hasta 1558
que esta zona no pasa a pertenecer a Cambil e independizarse de ésta en 1696.
Las roturaciones van
en aumento y el medio físico comienza a transformarse con el carboneo. Hace
falta energía para calentar a más gente, los colonos de Castilla llegan en
masa, y los pueblos crecen en población. Tienen que llegar a imponer mediante
ordenanzas la prohibición de hacer carbón con los robles y fresnos, permitiendo
sólo la encina. Lo cierto es que los robles han desaparecido totalmente de
estas sierras, hasta creerse que era un problema de tipo de ecosistema, cuando
no era cierto, eran montañas también de robles. Y los fresnos son muy escasos.
Lo mismo que con los pinares que se usan, junto al chopo, para la construcción
de viviendas.
Hay que intentar volver a reintroducir los robles en el valle del Monasterio, seguramente en las zonas de umbrías y más húmedas. Pero es posible que el roble vuelva a teñir de amarillo nuestro paisaje de otoño.
domingo, 12 de junio de 2016
Tiempo de nísperos
Estos días los nísperos adornan la huerta. Es tierra donde se dan muy bien. Ocurre los mismo con las cerezas, los granados, los higos, los membrillos, los melocotones y los albaricoques.
viernes, 27 de mayo de 2016
La Huerta de los Frailes, un jardín botánico sin querer
Hace catorce años, mi padre, Juan Lozano Becerra, uno de los campesinos herederos de aquel Antonio José Lozano Ayala que compró en 1845 la heredad del Monasterio de Cazalla tras la desamortización que el Estado realizó a la Orden de San Basilio Magno, ya muy mayor, con ochenta y uno años, decidió que era el momento de materializar el reparto de sus escasas tierras a sus cinco hijos, y no esperar a hacerlo cuando se muriese, lo que afortunadamente no ocurrió hasta catorce años después
A mí me correspondió la parcela conocida como el Puerto y Cerrillo de San Marcos, a escasa distancia de la iglesia y el viejo convento, y que había formado históricamente parte de las huertas de los frailes y posteriormente de mi padre. Lógicamente sólo se utilizaba como huerta una pequeña parcela ubicada en la parte más alta del terreno que habían aterrazado, siendo el resto una escarpada pendiente donde sólo existían ochenta y seis viejos y centenarios olivos, unos cuantos almendros, y un pequeño bosque de pinos y encinas, lo único capaz de sobrevivir en aquel secarral.
El abandono del cultivo agroecológico en las últimas décadas, utilizando los abonos químicos y los herbicidas de forma continuada, convirtieron aquel terreno en un erial calcáreo y desertizado.
La decisión clara y determinante de pasar al cultivo ecológico aquel pedazo histórico conllevó, en primer lugar, el aterrazamiento de toda la pendiente para evitar la continuada y grave erosión; y en segundo lugar, construir en el punto más alto una alberca de agua como las que tradicionalmente construyeron en la zona los árabes y que han servido para recoger las aguas de los manantiales superficiales e irrigar las huertas.
Al poco de darme de alta como agricultor ecológico en la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía recibí una carta de la de Medio Ambiente agradeciéndomelo y ofreciéndome gratuitamente la posibilidad de que plantase en la parcela, en las lindes y taludes, árboles y arbustos autóctonos de la región que ellos criaban en los viveros públicos para constituir reservas biológicas para refugio de la fauna salvaje. Pensaban, con buen criterio, que aquellos que decidíamos hacer agricultura ecológica éramos más proclives a desarrollar estos programas que el resto de los agricultores convencionales, que los rechazaban, obsesionados exclusivamente en producir kilos de aceituna y con ello recibir más subvenciones de la Unión Europea.
La carta venía acompañada de una lista amplia de especies arbóreas y unos recuadros para indicar el número de ejemplares que deseábamos de cada una. Sinceramente os confieso que aquello me indujo a pensar que pidiese lo que pidiese sólo me suministrarían unos cuantos de manera testimonial. Por tanto, mi pedido fue de todas las especies y en un número total de dos mil trescientos ejemplares. Sí, leéis bien, dos mil trescientos ejemplares.
A los pocos días de enviar el pedido por fax, recibo una llamada telefónica:
- Oiga, soy el del camión con los árboles. Que dónde tengo que descargarlos?
- ¿Cómo dice? ¿Quién es usted?
- El transportista de los árboles del vivero Lugar Nuevo de Andújar. ¿No había hecho usted un pedido de árboles a la Junta?
Ya empezaba a relacionar la llamada con el fax que alegremente había enviado hacía pocos días.
- Sí, si lo hice. ¿Pero dónde dice que está y cuántos árboles trae?
- Estoy en una gasolinera de Bailén y traigo todos los árboles que usted había pedido. ¿Qué hago?
Cuando pensé en todo lo que había solicitado empezó a recorrerme un sudor frío por todo el cuerpo.
Y allí llegaron, en bandejas y macetas de plástico, pequeños plantones de uno o dos años de edad de nogales, olmos, sabinas de Cartagena, cipreses blancos, higueras, moreras, granados, membrilleros, fresnos, tarays, mejoranas, durillos, adelfas, espinos negros y blancos, aligustres, lavandas, arizónicas, algarrobos, almeces, mirtos, encinas, madroños, coscojas, labiérnagos, alcornoques, retamas, aladiernos, romeros, tomillos..., hasta dos mil trescientos ejemplares.
La plantación de los mismos se presentaba como una tarea ardua e infinita. Con mis hijos planté sin descanso la parte final de aquel invierno y la primavera, en los linderos y en los cantos, entre los olivos y los almendros, y aún quedaban cientos por plantar. Para mantenerlos vivos en verano tuvimos que improvisar unos sombrajes a modo de vivero y aquello fue el comienzo de algo que nunca estuvo en la agenda y que se convirtió en una de las tareas centrales y hermosas de la Huerta de los Frailes. Nos picó el interés por aumentar la diversidad de especies, recolectando semillas de árboles de los parques de las ciudades de España o el extranjero que visitaba por trabajo u ocio. De golpe tuve castaños de Grecia y lilas de Persia de Córdoba, acacias tres espinas del Retiro de Madrid y árboles de China del Botánico, ciruelos de Agen de Francia y olivos de la Serranía del Turia; encinas de La Falleda de Gerona y del Trastévere de Roma. Además, los amigos, cuando me visitaban, siempre venían cargados de sus vacaciones con otra multitud de semillas. Hasta mi mujer, de su viaje de cooperación internacional en Senegal, asomó con un baobad pequeñito, como una criatura envuelta en su toca.
Pero aquella tierra es lo que es: un suelo pobre, duro y calcáreo, con apenas materia orgánica, empobrecido durante siglos, erosionado hasta el límite, ardiente en verano, no siendo el más idóneo para muchas de nuestras plantas. Y, también, no siempre supimos o pudimos darles el mejor cuidado que cada árbol precisaba. Muchos murieron. Los más fuertes y aptos sobrevivieron.
El tiempo, las aportaciones de compost y los riegos hicieron el milagro. La masa vegetal fue creciendo, hasta convertirse en un vergel. Y así nació casi un jardín botánico..., sin querer. Y los animales -aves, reptiles, anfibios, insectos y mamíferos-, efectivamente, como deseaba la Consejería de Medio Ambiente, se refugiaron en él.
A mí me correspondió la parcela conocida como el Puerto y Cerrillo de San Marcos, a escasa distancia de la iglesia y el viejo convento, y que había formado históricamente parte de las huertas de los frailes y posteriormente de mi padre. Lógicamente sólo se utilizaba como huerta una pequeña parcela ubicada en la parte más alta del terreno que habían aterrazado, siendo el resto una escarpada pendiente donde sólo existían ochenta y seis viejos y centenarios olivos, unos cuantos almendros, y un pequeño bosque de pinos y encinas, lo único capaz de sobrevivir en aquel secarral.
El abandono del cultivo agroecológico en las últimas décadas, utilizando los abonos químicos y los herbicidas de forma continuada, convirtieron aquel terreno en un erial calcáreo y desertizado.
La decisión clara y determinante de pasar al cultivo ecológico aquel pedazo histórico conllevó, en primer lugar, el aterrazamiento de toda la pendiente para evitar la continuada y grave erosión; y en segundo lugar, construir en el punto más alto una alberca de agua como las que tradicionalmente construyeron en la zona los árabes y que han servido para recoger las aguas de los manantiales superficiales e irrigar las huertas.
Al poco de darme de alta como agricultor ecológico en la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía recibí una carta de la de Medio Ambiente agradeciéndomelo y ofreciéndome gratuitamente la posibilidad de que plantase en la parcela, en las lindes y taludes, árboles y arbustos autóctonos de la región que ellos criaban en los viveros públicos para constituir reservas biológicas para refugio de la fauna salvaje. Pensaban, con buen criterio, que aquellos que decidíamos hacer agricultura ecológica éramos más proclives a desarrollar estos programas que el resto de los agricultores convencionales, que los rechazaban, obsesionados exclusivamente en producir kilos de aceituna y con ello recibir más subvenciones de la Unión Europea.
La carta venía acompañada de una lista amplia de especies arbóreas y unos recuadros para indicar el número de ejemplares que deseábamos de cada una. Sinceramente os confieso que aquello me indujo a pensar que pidiese lo que pidiese sólo me suministrarían unos cuantos de manera testimonial. Por tanto, mi pedido fue de todas las especies y en un número total de dos mil trescientos ejemplares. Sí, leéis bien, dos mil trescientos ejemplares.
A los pocos días de enviar el pedido por fax, recibo una llamada telefónica:
- Oiga, soy el del camión con los árboles. Que dónde tengo que descargarlos?
- ¿Cómo dice? ¿Quién es usted?
- El transportista de los árboles del vivero Lugar Nuevo de Andújar. ¿No había hecho usted un pedido de árboles a la Junta?
Ya empezaba a relacionar la llamada con el fax que alegremente había enviado hacía pocos días.
- Sí, si lo hice. ¿Pero dónde dice que está y cuántos árboles trae?
- Estoy en una gasolinera de Bailén y traigo todos los árboles que usted había pedido. ¿Qué hago?
Cuando pensé en todo lo que había solicitado empezó a recorrerme un sudor frío por todo el cuerpo.
Y allí llegaron, en bandejas y macetas de plástico, pequeños plantones de uno o dos años de edad de nogales, olmos, sabinas de Cartagena, cipreses blancos, higueras, moreras, granados, membrilleros, fresnos, tarays, mejoranas, durillos, adelfas, espinos negros y blancos, aligustres, lavandas, arizónicas, algarrobos, almeces, mirtos, encinas, madroños, coscojas, labiérnagos, alcornoques, retamas, aladiernos, romeros, tomillos..., hasta dos mil trescientos ejemplares.
La plantación de los mismos se presentaba como una tarea ardua e infinita. Con mis hijos planté sin descanso la parte final de aquel invierno y la primavera, en los linderos y en los cantos, entre los olivos y los almendros, y aún quedaban cientos por plantar. Para mantenerlos vivos en verano tuvimos que improvisar unos sombrajes a modo de vivero y aquello fue el comienzo de algo que nunca estuvo en la agenda y que se convirtió en una de las tareas centrales y hermosas de la Huerta de los Frailes. Nos picó el interés por aumentar la diversidad de especies, recolectando semillas de árboles de los parques de las ciudades de España o el extranjero que visitaba por trabajo u ocio. De golpe tuve castaños de Grecia y lilas de Persia de Córdoba, acacias tres espinas del Retiro de Madrid y árboles de China del Botánico, ciruelos de Agen de Francia y olivos de la Serranía del Turia; encinas de La Falleda de Gerona y del Trastévere de Roma. Además, los amigos, cuando me visitaban, siempre venían cargados de sus vacaciones con otra multitud de semillas. Hasta mi mujer, de su viaje de cooperación internacional en Senegal, asomó con un baobad pequeñito, como una criatura envuelta en su toca.
Pero aquella tierra es lo que es: un suelo pobre, duro y calcáreo, con apenas materia orgánica, empobrecido durante siglos, erosionado hasta el límite, ardiente en verano, no siendo el más idóneo para muchas de nuestras plantas. Y, también, no siempre supimos o pudimos darles el mejor cuidado que cada árbol precisaba. Muchos murieron. Los más fuertes y aptos sobrevivieron.
El tiempo, las aportaciones de compost y los riegos hicieron el milagro. La masa vegetal fue creciendo, hasta convertirse en un vergel. Y así nació casi un jardín botánico..., sin querer. Y los animales -aves, reptiles, anfibios, insectos y mamíferos-, efectivamente, como deseaba la Consejería de Medio Ambiente, se refugiaron en él.
lunes, 18 de abril de 2016
Una garduña en la huerta
Volviendo por la noche de la conferencia sobre el Monasterio de Cazalla en Carchelejo, en el camino rural que asciende por la montaña hasta la Huerta de los Frailes, y muy cerca de ella, deslumbrada por los faros, fue corriendo un buen rato, delante de nosotros, una garduña, con su larga, frondosa y oscura cola. De vez en cuando se detenía, mirándonos, mostrando sus manchas blancas delanteras y en el borde de sus orejas. Se parecía mucho a la marta, lo que nos obligó a consultar en nuestros libros e internet. Era una garduña, su babero era blanco, y no amarillo como en aquellas.
Desde que vimos muerta, hace ya muchos años, a otra de su especie, a manos de los perros de los cortijos del monasterio, dentro de los patios, es la primera vez que tengo nuevas noticias de ellas.
Lo que no sabemos es si era macho o hembra, pues ambos géneros no se diferencian a simple vista. Si es macho, será el único ejemplar en todo el valle, pues no dejará instalarse a ningún otro. Vivirá por la noche, solitario y silencioso, cazando roedores, anfibios, pájaros y comiendo hasta frutas, y refugiándose durante el día en cualquier hueco entre las rocas o en los agujeros de los viejos troncos de los árboles, o tal vez, en los días fríos del invierno encuentre acomodo dentro del cobertizo de madera, entre sacos y antiguos aperos de esparto. Mas de una vez se alimentaría de nuestras gallinas que se quedaron despistadas fuera del gallinero alguna noche, o de las ratas que vivían instaladas como unas señoronas entre las pacas de paja de la yegua.
Es un habitante de la Huerta de los Frailes, con todos los derechos históricos y presentes. Convive con nuestros grupos de zorros y esperamos que no encuentre la muerte como le pasó hace unos días a uno de ellos por los venenos de los cazadores desaprensivos, y que encontró la paz eterna a los pies de un níspero.
Desde que vimos muerta, hace ya muchos años, a otra de su especie, a manos de los perros de los cortijos del monasterio, dentro de los patios, es la primera vez que tengo nuevas noticias de ellas.
Lo que no sabemos es si era macho o hembra, pues ambos géneros no se diferencian a simple vista. Si es macho, será el único ejemplar en todo el valle, pues no dejará instalarse a ningún otro. Vivirá por la noche, solitario y silencioso, cazando roedores, anfibios, pájaros y comiendo hasta frutas, y refugiándose durante el día en cualquier hueco entre las rocas o en los agujeros de los viejos troncos de los árboles, o tal vez, en los días fríos del invierno encuentre acomodo dentro del cobertizo de madera, entre sacos y antiguos aperos de esparto. Mas de una vez se alimentaría de nuestras gallinas que se quedaron despistadas fuera del gallinero alguna noche, o de las ratas que vivían instaladas como unas señoronas entre las pacas de paja de la yegua.
Es un habitante de la Huerta de los Frailes, con todos los derechos históricos y presentes. Convive con nuestros grupos de zorros y esperamos que no encuentre la muerte como le pasó hace unos días a uno de ellos por los venenos de los cazadores desaprensivos, y que encontró la paz eterna a los pies de un níspero.
lunes, 17 de junio de 2013
jueves, 9 de agosto de 2012
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